martes, 17 de marzo de 2009

¡LA ORIENTACIÓN COMO CARRERA PROFESIONAL

¡LA ORIENTACIÓN ES UNA RED!

CLAUDIO MONGE PEREIRA

Durante muchos años tuve contacto y relación con profesionales en Orientación, esa disciplina que para muchos no es ni psicología ni pedagogía, sino más bien un espacio o encuentro para desahogos momentáneos.

Fui testigo de que las personas profesionales en esa disciplina, con las cuales trabajé por años, se limitaban a ser el paño de lágrimas de todo estudiante que anduviera bajo de pilas. Y en la mayoría de los casos, esos y esas colegas eran simples acatadores de burdas órdenes emanadas de direcciones mediocres o superficiales. Por ejemplo: revisar uniformes, uñas largas o pintadas, pantorrillas expuestas o no, cuidar grupos ajenos, vigilara exámenes, llevar circulares y otras superficialidades por el estilo.

Muchas veces me preguntaba si para esas magras funciones habría que estudiar, porque a uno de los guardas del colegio donde yo laboraba, también le pedían que hiciera alguna de esas funciones. Era muy difícil creer y aceptar que personas “estudiadas” como dicen, aceptaran sin ningún cuestionamiento fungir como simples ujieres de hotel. No entendía cómo ellos y ellas no mandaban al Director o Directora a freír churros.

Me remontaba a mis años colegiales y simplemente no recordaba nada diferente de lo que ahora experimentaba como docente. Sólo hubo una excepción en esos años, y era que una de las Orientadoras que tuve sentía compasión por mí. Nunca escudriñaron las causas de mi juvenil rebeldía. Nunca le preguntaron a mi profesora de castellano y literatura por qué denigraba mis escritos por el tema seleccionado; aunque alabara “la habilidad que usted tiene para escribir”.

Escogí con los años el camino de la Pedagogía, y lo hice plenamente enamorado, sabiendo lo que buscaba. Mi primera meta era llegar a ser un profesor diferente a la gran mayoría que yo había sufrido como estudiante. Ya eso era algo para iniciar una carrera profesional. Tenía parámetros y modelos rechazables, y de ahí en adelante, un mundo para redescubrir y construir paradigmas novedosos.

Quisieron mi destino y mi formación que ejerciera la docencia en la Universidad más prestigiosa de Costa Rica, y en la Facultad que entre otras disciplinas profesionales, forma a las y los futuros Orientadores. Ahí comencé a comprender un poco por qué aquellas personas Orientadoras que describí en uno de los párrafos anteriores, actuaban así y aceptaban esos tristes papeles de gendarme. No me referiré en esta breve reflexión a este asunto palpable en los formadores de Orientadores. Sólo contaré una anécdota verídica. Una vez me buscó un estudiante de esa carrera para solicitar mi intervención en el siguiente asunto. Él, como muchos otros, no había alcanzado cupo en unos de esos cursos requisito, indispensables para poder continuar con el Plan de Estudio. Eso le significaría atrasarse un año entero en su carrera. Y ya su familia le exigía que se incorporara al mercado laboral. Ese estudiante tenía más derecho que otros por el alto nivel que ya cursaba, y como ahora en las Universidades el trato es deshumanizado y se le asigna a las máquinas la solución de esos problemas, pues el estudiante sale perdiendo porque la máquina siempre será burra.

Bajé al piso inferior y busqué al profesor porque lo creía mi amigo y colega; trabajábamos en una facultad “interdisciplinaria”. Lo hice para humanizarle el problema del estudiante rechazado, para explicarle su situación y para demostrarle que él se encontraba en la cola desde mucho antes que otros. Me dije, este colega es Orientador y me comprenderá; se enternecerá cuando me escuche y conozca algo de la vida dura de ese estudiante. Yo siempre he afirmado que los estudiantes son nuestra única razón de ser. El colega me miró como quien mira a un tonto, y con la siguiente frase lapidaria me sentenció: “¡Mirá (y dijo mi nombre)…al estudiante hay que aplastarlo como a una cucaracha. No se le puede dar pelota. Debe pasar por eso para que aprenda!” Algo más iba a agregar pero yo di media vuelta y salí de su oficina. ¿Aprender qué?

No desamparé al estudiante: con él organizamos una lucha legal y reglamentista y la Vicerrectoría respectiva cedió más presupuesto de su buchaca para abrir dos grupos más. Aquel estudiante, hoy profesional de la Orientación, donde quiera que me ve se dirige a mí en términos nobles y amorosos. Aquí presento otro enunciado: aquel profesional de las ciencias sociales que ejerce la docencia o la Orientación y que asegure que no lo hace para que lo amen, está desubicado. Esta es la máxima: ejercer la profesión de tal manera que las personas que sean nuestros sujetos de quehacer nos amen. Así de simple. Trabajar…ejercer para que nos amen.

Pasaron muchos años y cerré mi vida activa docente en la Sede de la UCR en Guápiles, precisamente con estudiantes de la carrera de Orientación. Ese fue el mejor cierre profesional: soñado, idílico, sustancioso. Fue la mejor experiencia para clausurar una carrera dedicada a la Pedagogía. Quise vivir con ese grupo, es decir, con este GRUPO CON MAYÚSCULA, una jornada inolvidable. Mi meta esencial fue que este grupo maravilloso se enamorara perdidamente de su profesión a través del enamoramiento que yo ejerciera con la mía. Y ejercitamos esta tercera máxima pedagógica: ¡Nadie enciende una lámpara para esconderla debajo de la cama! à ¡Gracias Padre Celestial…gracias Maestro Verdadero!

Luego nos adentramos en esta cuarta operación: Nadie cambia a nadie si antes no hemos sufrido nuestra propia transformación interna. Es decir, ¡ recuerdan muchachas…recordás Jefrey!, nadie orienta a nadie, todos nos orientamos en conjunto mediatizados por las circunstancias. Ser o no Ser. Desterrar de nuestro código ético – pedagógico al Cura Gatica: ¡Aquel que predica pero no practica!

Y fue muy bello ser copartícipe de ese entusiasmo que se desató en la mayoría; ese entusiasmo que significa literalmente, LLEVAR UN DIOS POR DENTRO. Y lo más importante: ¡DEJARLO SALIR A LA VIDA…DESCRUCIFICARLO PARA QUE VIVAMOS LA TRANSFORMACIÓN.

Todas y todos comprendimos que sí hay una Misión en esto de querer ser ORIENTADORES y ORIENTADORAS: trabajar y luchar para que el mundo sea más bello, para reconquistarlo y humanizarlo; para mirarlo de una manera diferente y bailar una nueva danza para vitalizarlo y vitalizarnos.

Para cerrar el encuentro desciframos el siguiente axioma: lograr que el Rey filósofo se baje de su trono y comience a ejercer como un Molde maleable. Y lo mejor de lo mejor: lograr que la Arcilla maleable se eleve a la categoría de Discípulo filósofo. ¡Qué maravilla! El Orientador trabajando y luchando desde la base misma, susceptible al cambio y a la transformación; hambriento de aprendizaje en la relación con los demás y poderoso educador para todos. Y el Estudiante, resucitado de su ínfima categoría de barro moldeable, para elevarse a la categoría de Rey pensador; es decir, de aquella persona que debe ser nuestra máxima razón de ser.

Entonces ya nadie le dirá más a una o a un profesional Orientador que vaya a revisar uñas y uniformes; o que vaya a recoger firmas en una circular. Eso habrá muerto como una vieja vaca sagrada.
Recuerdan colegas: ¡Ser como el árbol de chonta allá en Talamanca la indomable! Si otras cosas más voluminosas le tapan su luz…él se desplaza alargando sus raíces. Sabe que el resultado será siempre la conquista de la Luz. ¡Siempre!

San Isidro de Heredia.

LA EDUCACIÓN COMO ACTO DE AMOR

La educación: un acto de amor

Claudio Monge Pereira

Nos hizo comprender, el preclaro Maestro costarricense don Omar Dengo, que economizar en educación es lo mismo que despilfarrar en ignorancia; razones de economía no justificarían tal comportamiento a quienes ejerciendo el poder, le negaran al pueblo el derecho a una educación digna desde la más temprana edad. Hace más de medio siglo que estas aseveraciones fueron planteadas, y es innegable que hemos podido avanzar en gran medida durante ese tiempo; forjando uno de los sistemas educativos más consolidados del hemisferio. Su cobertura y expansión permanente son dos de los elementos que lo caracterizan y nos obligan a vigilar con recelo, la formación de los profesionales del Magisterio Nacional. Es aquí, donde nuestra Escuela de Formación Docente, entra a jugar un papel fundamental de la mano con las otras instancias hermanas de la Educación Superior. Por ello es sumamente importante que hoy estemos reunidos aquí, en este Auditorio de Profesores Eméritos de la Facultad de Educación más antigua del país, para compartir y deliberar acerca de las necesidades, los retos y los desafíos, de la población menor de cinco años.
En el nivel discursivo aceptamos que todos los ciudadanos de este país tenemos derechos, y que las instituciones del Estado están llamadas a salvaguardarlos y fortalecerlos cotidianamente. No obstante, cuando se trata de la población infantil, no siempre esto se cumple.
Cada día son más y más, los niños y las niñas que deambulan por las calles de nuestro país desarrollando trabajitos ocasionales o simplemente pidiendo limosna. Prácticamente ya no existe una sola esquina, calle o parque, donde no se vea a menores de edad estirando la mano para pedir o para ofrecer un lapicero o un chicle por cien colones. Y esto duele, porque mientras algunos se dedican a saquear las arcas de los bancos estatales o de las instituciones de bienestar social, este ejército crece como una muchedumbre silenciosa que le pasará la factura a la sociedad costarricense con creces. Porque aquellos seres humanos que vivieron y crecieron en ambientes deficitarios, desarrollarán heridas difíciles de curar. Y si se curan, sus cicatrices siempre serán una bomba de tiempo, susceptible para explotar al mínimo desaire.
Aseguraba José Martí, el de Nuestra América, que la instrucción tiene su relación directa con el conocimiento, y que la educación por el contrario, establece su vínculo con los sentimientos. Pareciera que los modelos positivistas que se han pretendido implementar en nuestro país en los últimos tiempos, han intentado fortalecer una tendencia hacia el academicismo y el memorismo libresco, con lo cual se ha debilitado en gran medida la formación humanística de nuestros estudiantes. Esa tendencia enfermiza hacia la realización de pruebas cognoscitivas permanentes, ha dejado de lado la reflexión acerca de los derechos inalienables de los seres humanos. Se ha dejado de hablar del derecho a la ternura, del derecho a la felicidad, del derecho al abrazo, del derecho a la palabra encantada y encantadora, del derecho al entusiasmo, del derecho a la esperanza; en suma, del derecho a las utopías. Ese reglamentismo, obtuso y cuadrado, nos ha llevado a erigirle al verbo prohibir un pedestal en las aulas nacionales..
No hace mucho tiempo, que desde el estado mismo, se intentó negar el carácter científico de la formación inicial mediante la universalización de los llamados “Hogares Comunitarios”. Gracias a la lucha de las Universidades Estatales, se comprendió que no se debe confundir un servicio comunitario, innegablemente útil, con la formación inicial científica de las niñas y los niños menores de cinco años. El haber demostrado que esta debe recaer en el ámbito de la acción de profesionales debidamente capacitados y preparados para ello, en el plano académico y en la esfera ético - moral, constituye un logro muy importante para nuestra población; entre otras cosas porque rompe con el esquema de que los pequeños y las pequeñas de las zonas urbanos – marginales deben permanecer con madres temporales en cuartos de tres por tres; mientras los de mejores recursos económicos lo hacen con profesionales altamente capacitadas por las universidades y en espacios propicios para el deleite, el bienestar y la felicidad.
Aseguraba el propio Martí, que tan detestable es un pueblo que subyuga a otro pueblo, como aquel que es esclavo de sí mismo. Por lo tanto, me permito decir, que el trabajo que hoy se desarrollará aquí, es un eslabón muy importante en la cadena de acciones tendientes a dignificar la vida de nuestra infancia. Sus derechos, más que discursos y ponencias, se vivencian en la práctica permanente de la construcción social y la lucha por establecer una sociedad justa y digna, en la que la palabra mercado deje de ser la razón del desarrollo; y por el contrario, se practiquen la solidaridad, la cooperación y el amor.
La educación es un acto ineludible de amor, y en ese acto estamos involucrados los estudiantes, la familia y los educadores. Es un proceso integral, dentro del cual, el amor es la levadura que le permitirá crecer sin complejos a todos los Seres Humanos. Aquí el amor es la clave o la llave que permite abrir las puertas, no sólo del conocimiento y del saber, sino también de la liberación mental y espiritual; de la justicia económica y social, de la participación política decente, de la solidaridad y la paz; de la defensa a ultranza del Universo incluida la Madre Tierra; de la tolerancia, el respeto hacia las diferencias y la colectivización de las soluciones a los problemas de las mayorías explotadas de la Sociedad que habitamos.
La educación, se ha dicho y se ha escrito, es un arma; pero debe acotarse que en manos de mediocres y de arribistas casuales, es un arma peligrosa. Por ello, es preferible reafirmar como lo señalaran insignes educadores y educadoras del calibre de don Omar Dengo, Carmen Lyra, Luisa González, Talía Rojas, Carlos Monge Alfaro, Joaquín García Monge, o Paulo Freire, que la educación es un instrumento. Y un instrumento nos recuerda una pala o un azadón, un pico o un rastrillo, un martillo o un serrucho, una llave francesa o una inglesa. Un instrumento se utiliza para construir. La Educación es construcción y la construcción es eufórica, es decir, es alegre, dichosa, propositiva, asertiva, creativa, entusiasta y amorosa. La Educación es un Poder, y el poder concebido y aplicado con justicia social y moral, es la esencia que debe alimentar a las educadoras y a los educadores. Este es el eje espiral a través del cual gira, desde la base hasta la cima, la consecución de una Patria dignamente pacífica y educadora; capaz de ofrecerle a la Humanidad Seres Humanos honrados, trabajadores, optimistas y eufóricos.
No existe Educación neutral, por ello no hay Escuelas ni aulas neutrales. Lo anterior nos indica que tampoco el Magisterio pueda serlo, y estas aseveraciones nos conducen a reafirmar que la Pedagogía debe tomar partido a favor de aquellas propuestas que la humanicen y la propongan como una guía para la formación de ciudadanos constructores de espacios democráticos en permanente perfección.

Propongo la Pedagogía del Amor y del Entusiasmo como la alternativa posible y probable para la transformación educativa de nuestra Sociedad. En ella siempre estará primero el Ser Humano, es decir, la Humanidad creada a imagen y semejanza de Dios. Esta Pedagogía es valerosa y eufórica, desata al Dios que todos llevamos adentro y lo deja transitar por los caminos de la Educación, sea esta formal o informal, a nivel de hecho o de propósito. En ella los educadores y las educadoras son poetas verdaderos, o sea, auténticos ingenieros del Alma y de la Mente. Reconocen que alrededor sólo tienen el desierto y toman la decisión consciente de atravesarlo, porque ya saben que solamente lo atraviesan quienes ya son libres y que el resultado es, la liberación de todas las cadenas que impiden el florecimiento de un Reino de Amor y de Justicia.

Afirmaba el gran educador ucraniano, Vasili Sujomlinski, que su corazón era para los estudiantes. En la Pedagogía que proponemos, debemos declarar que nuestro corazón es para la Humanidad Estudiantil, para la Familia, para la Comunidad, y para una Patria en la que los remordimientos de consciencia no sean el pan nuestro de cada día. Una sociedad justa y noble: ¡Orgullosa por haber conquistado la dicha a través del esfuerzo colectivo!

San Isidro de Heredia.

EL RELOJERO DEL SUR

EL RELOJERO DEL SUR

CLAUDIO MONGE PEREIRA


De la manera tan natural que papá aceptaba el fin de las cosas y de los procesos, un buen día aceptó que ya sus años y sus crujidos no le permitían continuar siendo zapatero, por eso, ordenadamente guardó sus viejas y originales herramientas después de limpiarlas. Papá las limpiaba cada día después de su jornada, pero esta vez yo percibí algo más en sus ojos y en sus movimientos: en verdad las acariciaba como sólo se hace ante las despedidas definitivas.

Recuerdo cuando él me contó cómo las adquirió. Yo era aún escolar y amaba mirarlo desatando sus destrezas con ellas. Para mí él jugaba y se divertía haciendo maravillas con el cuero. Papá no deseó que nosotros fuésemos zapateros, pero cuando uno lo miraba trabajando notaba el amor que ponía en su labor. Él quiso que fuéramos profesionales y por ello sólo manipulábamos las herramientas cuando salía a su recreo cotidiano al billar de la Cañada, o al negocio de su amigo de juventud Paúl; allá al costado Norte del Mercado Central…casi llegando a la esquina NE.

Habrá mucho qué escribir acerca de lo que significó la zapatería de papá para nuestras vidas, y esa tarea me la prometo para uno de estos días, cuando ya ese oficio casi fue desaparecido por el gran capital y el mercado; avasalladores de toda dignidad humana.

Lo cierto es que mi viejo empacó sus herramientas y las guardó en un cajón que él mismo manufacturó, porque además papá le hacía a casi todos los oficios artesanales: ebanistería, carpintería, fontanería, electricidad, albañilería, pintor de brocha gorda y todo oficio útil para la vida de la sociedad. En nuestra casa si que jamás se necesitó un marido de alquiler: cuando “maguiver” apenitas iba, ya mi viejo venía de regreso. Andaba ya por los setenta años y aquellos martillazos sobre la vieja pata alemana de hierro, le estremecían su noble corazón y le maltrataban probablemente los muslos que otrora fueran vigorosos. Desde sus catorce años había sido zapatero. Atrás quedaban 56 años de oficio ejercido con nobleza y honestidad para los demás. Durante más de medio siglo reparó con amor lo que otros destrozaron. En ese tiempo, entre martillazo y cuchillo curvo sobre las suelas, nacimos sus once hijos.

Al día siguiente papá salió temprano de casa y regresó hacia el medio día cargando una bolsa de manigueta; aquellas bellas bolsas amigables con el medio ambiente y con nuestro estómago. Pero en esa ocasión papá no sacó tosteles ni maní ni nada de sus mágicos fondos. No sacó nada y sólo la guardó. Por la tarde dispuso sus herramientas caseras de hacedor y construyó una mesita muy corronga, toda bonita ella, pero muy diferente a las mesas que él mismo hacía para su oficio de zapatero: era más alta y tenía una especie de barreritas al frente y a los lados. Se construyó un banco más alto de lo habitual, todo de madera y no como los de zapatería, cuyo asiento era de cuero completo o de cuero en fajas trenzadas como en un pastel. Colocó una bombilla colgando del cielorraso, cuya luz cayera directamente sobre la mesita y no se desperdiciara nada. Además, a un lado, dispuso un estuche de lona caqui amarrado con cordones verde musgo y tres lupas de distinto tamaño. Papá iniciaba así una nueva etapa en su vida…la última batalla de un obrero.

Nuestra casa era pequeña, construida por el INVU cuando esa institución todavía tenía un estatuto de dignidad; era pequeña porque nosotros éramos muchos. Entonces todo se escuchaba de tabique por medio, por eso la noche de ese día, yo oí cómo papá descargaba el misterioso cargamento de la bolsa de manigueta sobre la mesita corronga. Me dormí soñando qué sorpresa tenía mi viejo para la mañana siguiente.

Eran relojes. Muchos relojes de todos los tamaños. Brazaletes de metal y de cuero. Sin brazalete. Color oro y color plata. Caminando y detenidos. Gordos y delgados. Grandes y chiquitos. Redondos, cuadrados y rectangulares. Relojes y más relojes…¡Muchos relojes! Los había comprado “de a puño” en el refuego, allá por la vieja cocacola, donde casi todo era posible.

También tenía lentes y varios monóculos de aluminio y de plástico, pinzas diversas, desarmadores chirrisquitos, unos martillitos de ensueño, alicates de punta, un cuchumbito de aceite y otras corronguras. Siguiendo su acostumbrado estilo de hombre muy ordenado y pulcro, todo lo tenía dispuesto sobre una franela blanca.

Pasó varios días como chiquillo con juguetes nuevos, armando y desarmando relojes, aprendiendo a sostener el monóculo con los músculos de sus párpados y sus cejas. Y se hizo relojero, el relojero del Sur…de los Barrios del Sur quiero decir: la Kennedy, la López Mateos, Paso Ancho, Luna Park, Sagrada Familia, la Quince, Hatillo Uno, la Verbena y hasta del recién fundado Aguantafilo. Ese era mi Viejo ahora. Un relojero a los setenta años y hasta que murió. Aprendió bien su oficio y lo disfrutó, y con él, un nuevo metalenguaje intrínseco a los relojeros del mundo. Y lo hablaba como el campesino desplazado que aprende el lenguaje extranjero de la ciudad; pero sólo al principio, porque luego amplió su vocabulario hasta el grado de ser un habitante más de las esferas del tiempo.

Su fama se extendió por esos barrios y la gente lo buscaba para que les repara sus relojes: papa era ahora un relojero reparador. Y lo hacía muy bien y con pericia. Sus ancestrales hábitos de habitante respetuoso del planeta y del Universo, le permitían ver la utilidad de todas las cosas, por ello era un excelente reparador. Es decir, un magnífico caballero de la Naturaleza y de la Sociedad; o sea, de la Humanidad.

A la par del nombre de Paúl que ya escuchábamos de vez en cuando, comenzamos a escuchar otro que mi Viejo pronunciaba con mucho respeto: don Julio Fernández. Y así, humilde como era, papá dejaba que se viera una especie de orgullo en él cuando decía que venía de la Relojería de don Julio Fernández. Don Julio me dijo. Don Julio dijo. Don Julio me recomendó. Esta revista me la dio don Julio. Don Julio Fernández ya era como un habitante más de nuestro reducido mundo de familia de la clase trabajadora.

Al tiempo papá vendía relojes nuevos a pagos y yo sentía que mi Viejito progresaba aún a esa edad. Ya casi se arrimaba a los ochenta. Nunca le pregunté cómo hizo para prosperar porque él siempre fue revolucionario, de los que miran sólo para arriba y hacia adelante. Lo cierto es que hasta se compró un carro nuevo a medias con uno de sus yernos y viajaron a Panamá varias veces a comprar mercadería. Un día se cansó y le dejó el negocio a mi cuñado. Poco después murió, después de pronunciar mi nombre y decirle a mamá: “¡Dora…yo creo que hasta aquí!” Le agarró la mano a mamá, se la besó, cerró sus ojos negros y se fue.

Hoy me senté a escribir estas notas como quien no quiere la cosa, motivado por un mensaje de correo electrónico, firmado por doña Flora Fernández. Ella me envía una copia de la entrevista que le hizo un periodista de la Nazi, en la cual describe parte de su Historia Familiar. Desde que nos juntamos a soñar que podemos derrotar al neoliberalismo salvaje y seco, recibo muchos mensajes por ese medio. Muchos son de doña Flora, a quien no tengo el honor de conocer. La he leído muchas veces y reenvío sus atinados mensajes a mis amigos y familiares. La he leído como hoy, sólo que hoy fue diferente, porque hizo que este Corazón que sigue clamando No a la venta de mi Patria, hiciera puchitos de sollozos al recordarme a mi Viejo. Me imaginaba al abuelo de doña Flora allá por la iglesia de la Soledad y miraba otra vez a mi Viejo con su bolsa de manigueta repleta de cuerpecitos de tiempo y de esperanzas. Llenita de sueños como a él le gustaba. Sólo que don Julio abuelo apenas comenzaba a vivir y mi padre ya iniciaba su regreso al Mundo de la Justicia.

¡Gracias doña Flora Fernández! Ahora estoy seguro de que su padre y el mío fueron amigos. Ahora tengo la certeza, después de saborear su entrevista, que don Julio Fernández le tendió su mano solidaria y noble a mi papá; a mi amado Viejo…al Relojero del Sur.


San Isidro de Heredia, 7 de junio de 2008-06-07
Casa MONHER.

martes, 9 de diciembre de 2008

PARA DOMESTICAR TE HEMOS DEFORMADO

¿CUÁL CRISIS?

Claudio Monge Pereira

Los ideólogos de la chupocracia dominante y sus medios de comunicación masiva, sistemáticamente colocan al Sistema Educativo en la picota, por obra y pensamiento de sus intereses particulares. Esa clase social y sus estamentos, sabiendo que la calidad actual del Sistema les sirve, orquestan campañas hipócritas para buscar, supuestamente, su mejoramiento. Hablan, escriben y hasta berrean acerca de su visión de la calidad de la educación “nacional” y de la gestión de los trabajadores del Magisterio Nacional, ante las cámaras y en las páginas preferidas de los diarios nacionales; la mayoría de las veces sin fundamento real.
Exigen que se endurezcan las pruebas nacionales y aseveran que eso es una necesidad para detener la hemorragia de ignorancia que está desangrando al pueblo costarricense, a través de la mala utilización de sus impuestos. Piden volver a las clases magistrales exclusivamente, reconstruir aquellas viejas y repugnantes aulas con tarima para que el docente mire desde la altura de su sapiencia el enanismo cultural de sus alumnos. Vociferan para que se endurezca la mal llamada disciplina, ya que con ello los alumnos serán ciudadanos útiles, operativos, pragmáticos, domesticados y globalizados. También algunos sabihondos, que no son lo mismo que sabios profundos, se mofan de los pedagogos de hoy desacreditándolos a la ligera y superficialmente; refiriéndose despectivamente a la Pedagogía Crítica y a su didáctica democrática y achacando, al fin y al cabo, todo el problema a la “mediocridad” de los educadores y de las educadoras. Dicen que el Magisterio Nacional, sólo piensa en su estómago y en su pensión y no en el supuesto apostolado que debe ser su ejercicio; aunque lo ejerza desnutrido, en harapos, cargado de deudas económicas eternas y amparado por un reconocimiento social ficticio e hipócrita.
Para analizar qué sucede con la Educación del país, es necesario ser claros y precisos, porque en la pedagogía - ciencia y arte - todo es diáfano y cristalino si lo observamos y analizamos desde las entrañas del gigante dormido. Son cientos de años de experiencia acumulada para pensar y actuar tan ingenuamente como la elitocracia impone.
Los Sistemas Educativos y su Magisterio, cumplen en toda sociedad cinco Funciones vitales para su existencia, entre otras. A saber, esas funciones son la ideológica, la política, la económica, la social y la cultural.
Resumidamente se puede definir cada una de ellas de la siguiente manera:
a- IDEOLÓGICA: Transmitir para su reproducción, el sistema de valores construido por la clase dominante; es decir, su ideología. Esto es un imperativo de su hegemonía para la reproducción de sus privilegios y formas de concebir el mundo.
b- POLITICA: Bombardear al ciudadano-educando con los preceptos políticos que constituyen la plataforma operativa de la ideología dominante, bajo la aparentemente inocente premisa de su infalibilidad. El mejor sistema es el que ellos magnánimamente le ofrecen a las masas para su bienestar y felicidad.
c- ECONÓMICA: Formar todos los cuadros, técnicos y profesionales, que ocupa la clase dominante para reproducir su dominio económico y garantizarse esas necesarias relaciones de producción que profundizan, cada vez más, las brechas entre la minoría egoísta y las mayorías necesitadas y despojadas de lo esencial.
d- SOCIAL: Adaptar al ciudadano-educando para que viva de acuerdo con las normas, preceptos y papeles que la clase dominante crea para ellos; jamás prepararlo para conmocionar ese marco jurídico – religioso; en suma, ideológico y político que lo mantiene “domesticado”.
e- CULTURAL: Transmitir los conocimientos y la cultura que la clase dominante y su hegemonía, consideren indispensables para reproducir esta (su) sociedad y ese (su) estatus quo que a ella engorda, atipa y envalentona.
Cualquier educador o educadora, consciente o inconscientemente cumple con estas funciones, y no puede salirse por ningún agujero de esta situación descrita, porque el mismo sistema posee los mecanismos para reprimirlo, alinearlo o expulsarlo.
Ya no es un secreto que los profesionales más mal pagados son los del Magisterio Nacional, aunque hayan invertido en sus estudios la misma cantidad de años y esfuerzos que un médico, un odontólogo o un ingeniero. El reconocimiento social para el educador y la educadora es pura y repugnante retórica política. Es difícil negar que un servidor mal pagado, mal alimentado, vestido como un cromo durante todo el año; sin recursos didácticos, vendedor de rifas, de ropa y de cosméticos; cliente de varios autobuses al día, caminante de cuanto camino haya para llegar a una escuelita o colegio; asiduo viajero a Golfito, víctima de la inhumanidad con que es tratado muchas veces en el propio Ministerio de Educación Pública; y por si esto fuera poco, casi colega de aquellos educadores del Imperio Romano que recibían su salario 25 años después de haber iniciado su servicio; teniendo que empeñar sus utensilios, las joyas de su mujer y hasta pedir la comida a crédito en la fonda más cercana.
La educación del ciudadano-educando es algo que nunca ha estado al margen de las esferas políticas: le sirve a la clase dominante para perpetuar su poder y reproducir su conciencia. No es necesario efectuar pruebas para darnos cuenta que mucha gente en Costa Rica escribe caballo con ¨k¨ e ingeniero y educación con ¨h¨; de lo cual se poseen pruebas gráficas.
Si evaluáramos absolutamente todo el currículo de la educación nacional, nos encontraríamos con ¨sorpresas¨ más que increíbles. Sin embargo, esto no ha de extrañarnos en una sociedad como la nuestra, donde la hegemonía que prevalece no quiere ciudadanos inquietos, reflexivos y críticos.
Es ya famosa la frase de un ex presidente de la República en el sentido de que este es un país de “domesticados¨. En la Escuela se mata o aniquila cualquier intento de creatividad revolucionaria, porque las estructuras del Sistema Educativo son tan rígidas que quienes hagan caso omiso de ellas, pueden perecer rápidamente; aislados y vigilados como sujetos infiltrados y peligrosos.
Formamos ciudadanos sumisos, apáticos, desinteresados, egoístas, despreocupados, indiferentes, miedosos, acríticos, conformistas, incrédulos, débiles cultural y físicamente; en síntesis: ¨domesticados¨.
Vale la pena entonces, formularnos la siguiente pregunta: ¿A quién le sirve este tipo de ciudadanos y ciudadanas?, ¿Para qué tipo de Sociedad ellas y ellos son útiles y utilizables? Por supuesto que le sirve a nuestra clase dominante y a sus repugnantes privilegios, clase que no quiere cambios ni modificaciones estructurales y por ello sólo se refiere a lo sumativo; desde el punto de vista de la evaluación tradicional conductista. Tener ciudadanos inquietos, críticos y pensantes, significa que las cosas no seguirían como están por el resto de los siglos y el Ser Humano seguiría su ascenso innato hacia las transformaciones y los cambios dialécticos pensados.
El reto de todos los educadores y de todas las educadoras es comprender estas reglas del juego y asumir posiciones a favor de los cambios estructurales. De lo contrario, hacer pruebas rudas y secas cuyo contenido se olvida unas horas después de aplicadas; además de reprimir todo intento y deseos de transformar esa situación, será el premio a su descolorido quehacer y su desteñido futuro pedagógico.
Mientras tanto digamos... ¿Cuál crisis, señoras y señores de la oligarquía plutocrática?

Agosto de 1977

EDUCACIÓN PARA LA ALEGRÍA

Festival de Educación Secundaria

Claudio Monge Pereira

Muy raras veces nos detenemos a reflexionar el significado de los vocablos que utilizamos por medio del lenguaje cotidiano. Por lo general sentimos que ellos son parte de nuestro ser y hacer, y por ello frecuentemente los tratamos con indiferencia. Pero cuando por placer o por simple ejercicio lingüístico hacemos un alto y queremos ser eco del sonido, el tono y el mensaje de las palabras, comprendemos que ellas debieran ser lo que los hechos y las actividades quieren ser.
Un Festival es una parada en el mundo de la alegría y del placer; es un acercamiento sin norma ni regla, a una serie de actos que conforman juntos una necesaria construcción de muchos espacios abiertos para el deleite y la felicidad. Un Festival es una festividad, es decir, es una fiesta en que se manifiestan no sólo el ineludible placer por lo lúdico, sino también el deseo por hacer de las cosas una inevitable travesía por el mundo de la celebración.
Este es uno de esos momentos especiales en que juntos nos detenemos a paladear lo que hacemos, o lo que los demás hacen para nuestro placer. Miramos aquello que nos agrada con los ojos del alma y de los sentimientos, porque ello necesariamente es una condición para que el aprendizaje sea significativo y real. Hoy, aun los más recalcitrantes enciclopedistas, aceptan la enorme verdad de las inteligencias múltiples y de la inteligencia emocional; y aunque estos conceptos y teorías ya eran aceptados por el Hombre Primitivo con su aprender haciendo y su flexibilidad pedagógica, a los Seres Humanos de la posmodernidad, no les queda más opción que practicarlo. Y esto arrastra tras de sí una grata realidad: que la enseñanza y el aprendizaje deben ser necesariamente emocionantes. Hace muy pocos años, esta concepción pedagógica estuvo a punto de irse al traste por la violenta intromisión en el sistema educativo de los tecnócratas instructólogos, con toda su batería de aparatos y aparatejos; dizque para tornar la educación más científica; como si la ciencia fuera una camisa de fuerza que nos ata a un solo camino. Y la ciencia nos demuestra, desde la primera de sus creaciones, - el lenguaje -, que la alegría y la emoción son sus dos alas más seguras. Aquellos que construyen o proponen sin el debido entusiasmo, no serán huellas de la historia; sólo serán hacedores de ocurrencias para un mundo asentado en la metodología de la repetición sin sentido y sin asidero dialéctico.
Este Festival debe ser eso que señalamos: un espacio para la festividad; y a las fiestas asistimos con alegría, placer y entusiasmo, sino nuestra presencia en esos espacios no tendría ningún sentido útil. Nadie va a una fiesta a llorar de tristeza o a promover la discordia. Todos vamos con amor y deseos de dar y recibir alegría. Esto es lo que pretenden hoy todos los responsables de este bello proyecto de la Escuela de Formación Docente, a través de su Departamento de Educación Secundaria.
En griego, la palabra entusiasmo significa llevar un Dios por dentro, y de cierto, todos lo llevamos. Y debemos aprovechar estos espacios para liberarlo y dejarlo salir a caminar con alegría por las alamedas de la creatividad; que al fin y al cabo, la creación es la tarea de los dioses. Si esto logramos, la educación es entonces lo que ella debe ser: un acto de amor. De ahí en adelante, tanto alumnos como educadores dejamos de pintar rosas rojas con tallos verdes, y nos atrevemos a colorear el mundo con las tonalidades de los amaneceres y de los atardeceres; única forma de descubrir las estrellas.
En mis años de maestro y de estudioso de la Pedagogía, he llegado a comprender que el más grande de todos los pedagogos de la Humanidad, es el Principito; porque él mejor que ninguno nos hace descubrir cada vez que lo leemos, que los cambios del Universo no significarían nada si nosotros mismos no cambiamos permanentemente. Este es el principal de los retos para todo educador que sienta la necesidad de trascender y de resignificar su mundo.
Hoy aquí, Ustedes están demostrando esto que yo digo, porque una lámina diferente, un poema, un cartel, una diapositiva, una canción, una pantalla alegre y sabia, un collage, una dramatización o una grabación de voz, entre infinidad de probabilidades y posibilidades, sólo son muestras de la inmensidad que los educadores debemos y podemos recorrer para transformar el aula, la escuela, el colegio o la calle del barrio, en un mundo de opciones para la libertad del espíritu y la mente. ¡Muchas gracias a todos!






























FÁBULA DE LOS CERDOS ASADOS


Fábula de los Cerdos Asados

(o la Reforma de la Educación)

Porque soñé que era Jesús y te salvaba”
(E.S. Discépolo: Soy un arlequín)


Una de la posibles variantes de un viejo cuento sobre el origen del asado es ésta: Cierta vez se produjo un incendio en un bosque en el que se encontraban cerdos. Estos se asaron. Los hombres, acostumbrados a comer carne cruda, los probaron y los hallaron exquisitos. Luego, cada vez que querían comer cerdos asados prendían fuego a un bosque…Hasta que descubrieron un nuevo método.
Pero lo que yo quiero narrar es lo que sucedió cuando se intentó modificar El Sistema para implantar uno nuevo. Hacía tiempo que algunas cosas no marchaban bien: los animales se carbonizaban, a veces quedaban parcialmente crudos, otras de tal manera quemados que era imposible utilizarlos. Como era un procedimiento montado en gran escala preocupaba mucho a todos, porque si El sistema fallaba en gran medida, las pérdidas ocasionadas eran igualmente grandes. Miles eran los que se alimentaban de esa carne asada, y también muchos miles eran los que tenían ocupación en esa tarea. Por tanto El Sistema simplemente no debía fallar. Pero, curiosamente, a medida que se hacía en mayor escala, más parecía fallar y mayores pérdidas causar.
En razón de las deficiencias, aumentaban las quejas. Ya era un clamor general la necesidad de reformar a fondo El Sistema. Tanto que todos los años se reunían Congresos, Seminarios, Conferencias, Jornadas para hallar la solución. Pero parece que no acertaban a mejorar el mecanismo, porque al año siguiente se volvían a repetir los Congresos, Seminarios, Conferencias y Jornadas. Y así siempre.
Las causas del fracaso del Sistema, según los especialistas, debían atribuirse o bien a la indisciplina de los cerdos que no permanecían donde debieran, o bien a la inconstante naturaleza del fuego tan difícil de controlar, a los árboles excesivamente verdes, o a la humedad de la tierra, o al Servicio de Informaciones Meteorológicas, que no acertaba con el lugar, momento y cantidad de lluvias, o...
Las causas eran -como se ve- difíciles de determinar porque en verdad El Sistema para asar cerdos era muy complejo: se había montado una gran estructura; una gran maquinaria con innumerables variables, se había institucionalizado. Había individuos dedicados a encender: los igniferi, que a su vez eran especialistas de sectores: incendiador o ignifer de zona norte, de zona oeste, etc., incendiador nocturno, diurno con especialización matinal o vesperal, incendiador de verano, de invierno (con disputas jurisdiccionales sobre el otoño y la primavera). Había especialistas en viento: los anemotécnicos. Había un Director General de Asamiento y Alimentación Asada, un Director de Técnicas Igneas (con su Consejo General de Asesores), un Administrador General de Forestación Incendiable, una Comisión Nacional de Entrenamiento Profesional en Porcología, un Instituto Superior de Cultura y Técnicas Alimentarias (el I.S.C.Y.T.A.) y el BODRIO (Buró Orientador de Reformas Igneo-Operativas).
El BODRIO era tan grande que tenía un Inspector de Reformas cada 7.000 cerdos, aproximadamente. Y era precisamente el BODRIO el que propiciaba anualmente los Congresos, Seminarios, Conferencias y Jornadas. Pero éstos sólo parecían servir para aumentar el BODRIO, en burocracia.
Se había proyectado y se hallaba en pleno crecimiento la formación de nuevos bosques y selvas, siguiendo las últimas indicaciones técnicas (en regiones elegidas según una determinada orientación y donde los vientos no soplaban más de tres horas seguidas, donde era reducido el porcentaje de humedad, etc).
Había miles de personas trabajando en la preparación de esos bosques que luego se habrían de incendiar. Había especialistas en Europa y en los EE.UU, estudiando la importación de las mejores maderas, árboles, cepas, semillas, de mejores y más potentes fuegos, estudiando ideas operativas (por ejemplo: cómo hacer pozos para que en ellos cayeran los cerdos). Había además grandes instalaciones para conservar a los cerdos antes del incendio, mecanismos para dejarl
os salir en el momento oportuno, técnicos en su alimentación.
Había expertos en la construcción de establos para cerdos; profesores formadores de los expertos en la construcción de establos para cerdos; universidades que preparaban a los profesores formadores de los expertos en la construcción de establos para cerdos; investigadores que brindaban el fruto de su trabajo a las universidades que preparaban a los profesores formadores de los expertos en la construcción de establos para cerdos; fundaciones que apoyaban a los investigadores que brindaban el fruto de su trabajo a las universidades que preparaban a los profesores formadores de los expertos en la construcción de establos para cerdos, etc.
Las soluciones que los Congresos sugerían eran por ejemplo: aplicar triangularmente el fuego luego de a-1 por velocidad de viento sur; soltar los cerdos quince minutos antes de que el fuego-promedio del bosque alcanzara 47º; otros decían que era necesario poner grandes ventiladores que servirían para orientar la dirección del fuego. Y así por el estilo. Y no se necesita decirlo, muy pocos de los expertos estaban de acuerdo entre sí, y cada uno tenía investigaciones y datos para probar sus afirmaciones.
Un día, un ignifer Categoría S-O/D-M/V-LL (o sea un encendedor de bosques especialidad sudoeste, diurno, matinal, licenciatura en verano lluvioso), llamado Juan Sentido-Común, dijo que el problema era muy fácil de resolver. Todo consistía, según él, en que primero se matara al cerdo elegido, se lo pusiera en un enrejado metálico o armazón sobre una brasas hasta que por efecto del calor y no de la llama se encontrara a punto.

“¿Matar?”, exclamó indignado el Administrador de Forestación.

“!Cómo vamos a hacer que la gente mate! Ahora el que mata es el fuego, ¿Nosotros matar? ¡Nunca!

Enterado el Director General de Asamiento lo mandó llamar. Le preguntó qué cosas raras andaba diciendo por ahí, y luego de escucharlo, le dijo:

“Lo que Vd. dice está bien, pero sólo en teoría. No va a andar en la práctica. Más aún, es impracticable. Veamos, ¿qué hace Vd. con los anemotécnicos, en el caso de que se adopte lo que sugiere?”

“No sé”, respondió Juan.
“¿Dónde coloca los encendedores de las diversas especialidades?”
“No sé”.
“¿Y los especialistas en semillas, en maderas?
¿Y los diseñadores de establos de siete pisos, con sus nuevas máquinas limpiadoras y las perfumadoras automáticas?
“No sé”.
“Y a los individuos que han ido al extranjero a perfeccionarse durante años, y cuya formación ha costado tanto al país, ¿los voy a poner a limpiar cerditos?”
“No sé”.
“Y los que se han especializado todos estos años en integrar Congresos y Seminarios y Jornadas para la Reforma y Mejoramiento del Sistema, si lo suyo resuelve todo, ¿qué hago con ellos?”
“No sé”

“¿Se da Vd. cuenta ahora de que la suya no es la solución que necesitamos todos? ¿Vd. cree que si todo fuera tan simple no la hubieran hallado antes nuestros especialistas? ¡A ver! ¿Qué autores dicen eso? ¿Qué autoridad puede avalar su sugestión? ¡Vd. se imagina que yo no puedo decirles a los Ingenieros en Anemotécnica que es cuestión de poner brasitas sin llama!
¿Y qué hago con los bosques ya preparados, a punto de ser quemados, que sólo poseen madera apta para el fuego -en- conjunto, cuyos árboles no producen frutos, cuya escasez de hojas hace que no sirvan para sombra? ¿Qué hago? ¡Dígame!”
“No sé”.
¿Qué hago con la Comisión Redactora de Programas de Asado, con sus Departamentos de Clasificación y Selección de Cerdos, Arquitectura Funcional de Establos, Estadística y Población, etc.?”
“No sé”.
“Dígame: el ingeniero en porcopirotecnia, Don Bombeta de Figuración, ¿no es una extraordinaria personalidad científica?”
“Sí. Parece que sí”.
“Bueno. El simple hecho de poseer valiosos y extraordinarios ingenieros en pirotécnica indica que El Sistema es bueno. Y, ¿qué hago yo con individuos tan valiosos?”.
“No sé”.
“¿Ha visto? Ud. lo que tiene que traer como solución es cómo formar mejores anemotécnicos, cómo conseguir más rápidamente encendedores del Oeste (que es nuestra dificultad mayor), cómo hacer establos de ocho pisos o más, en lugar de sólo siete como ahora. Hay que mejorar lo que tenemos, y no cambiarlo. Tráigame Ud. una propuesta para que nuestros becarios en Europa cuesten menos, o cómo hacer una buena revista para el análisis profundo del problema de la Reforma del asamiento. Eso es lo que necesitamos. Eso es lo que el país necesita. ¡A Ud. lo que le falta es sensatez, Sentido-Común! Dígame, por ejemplo, ¿qué hago con mi buen amigo (y pariente) el Presidente de la Comisión para el Estudio del Aprovechamiento Integral de los Residuos de los ex-Bosques?”
“Realmente estoy perplejo”, dijo Juan.
“Bueno. Ahora que conoce bien el problema, no vaya por ahí diciendo que Ud. lo arregla todo. Ahora ve que el problema es más serio y no tan simple como se imaginaba. Uno desde abajo y desde afuera dice: “lo arreglo todo”. Pero hay que estar adentro para conocer el problema y saber las dificultades con su puesto.

Por mí, yo se lo digo por su bien, porque yo lo comprendo; yo le entiendo su planteo, pero Ud. sabe, puede encontrarse con otro superior menos comprensivo, Ud. sabe cómo son, a veces... ¿eh?…”

El pobre Juan Sentido-Común no dijo ni cuio. Sin saludar, entre asustado y atontado, con la sensación de estar caminando cabeza abajo, salió y no se le vio nunca más. No se sabe a dónde fue. Por eso dicen que en estas tareas de Reforma y mejora del Sistema, falta Sentido-Común.


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Nota: Le expreso aquí mi gran agradecimiento al amigo y colega argentino, Maestro Gustavo Cirigliano, por permitirme usar este material. Le tomo su palabra y la replanteo desde el escenario cultural costarricense. ¡ Gracias Gustavo ¡ Tu amigo, Claudio Monge.

viernes, 5 de diciembre de 2008

EDUCACIÓN Y JUSTICIA SOCIAL


Educación y justicia social

Claudio Monge Pereira

“Hacia una educación inclusiva
que propicie la dignidad y la justicia social”


La injusticia:

Probablemente se puede asegurar que pululan por este mundo infinidad de libros, tratados y documentos que abordan el tema de la Justicia Social desde muchas visiones; y lo mismo podríamos aseverar del tema educativo. Y si la Humanidad ha producido tantas palabras que pretenden especificar y dilucidar la problemática que se deriva de asuntos claves para el desarrollo de cualquier Sociedad, por qué los pueblos continúan sumergidos en la ignorancia, la miseria, la explotación, la falta de oportunidades dignas, y en suma, la injusticia social.

Para poder discernir con propiedad acerca de la justicia, primero debemos caracterizar la injusticia, porque sería ejercicio inocente referirse a lo anhelado sin conocer aquello que lo imposibilita. Uno de los más graves problemas que arrastran las Ciencias Sociales se asienta en la obsesión por realizar radiografías casi exactas de la realidad, sin proponer las salidas viables para solucionarlos en estricto apego a un contrato social viable y sin exclusiones. A quienes nos hemos dedicado a estas Ciencias, muchas veces se nos ha calificado de “problemólogos”, alejados de la urgencia de actuar como “solucionólogos”.

De esta manera, planteo una reflexión desde la perspectiva cristiana, porque según mi entender y sentir, nuestra ética es inevitable e irrepetible, y nos conduce a la comprensión de los hechos que generan la injusticia y nos aporta la claridad para vislumbrar un Camino de Amor.

Toda injusticia se asienta en la ausencia del Amor, y su reproducción se da por la entronización de la indiferencia, como nueva categoría conductual frente a la Sociedad; compréndase ante el PRÓJIMO. Ya sabemos, por boca y enseñanza de nuestro Superior y Único Maestro, que mi prójimo es todo aquel o aquella a quien yo amo como a sí mismo. A quien ama a Jesucristo no le queda otra opción ni otro camino, porque si Él es el Camino y la Verdad, nuestra obediencia conduce a la construcción de la Vida; y de aquella que se da en abundancia.
Para el cristiano no existe otra posibilidad: amamos al prójimo como a sí mismos o no lo amamos. Esta es la simpleza majestuosa del Padre, porque no nos pone nada imposible como tarea, sino algo absolutamente viable. Siendo nosotros resultado del Amor más grande, somos portadores de esa Semilla especial y única, la Semilla que se ofrenda para la dicha de los hermanos; es decir, de la Sociedad como un todo.

El ser humano se fortalece en Comunidad y sobrevive a todos los avatares que la realidad le impone. Siempre saldrá adelante inclusive de las más terribles pruebas. Lucha y se organiza. Derrota a la adversidad porque se fundamenta en la colectividad. Tarda en aparecer el excedente material y surgen los parásitos iniciales que manifiestan su fervor para apoderarse de él, aún a costas de la violencia. Surge la injusticia: unos pocos se adueñan del trabajo de la mayoría y se convierten en “epulones”. Estos se hartan hasta la gula, mientras Lázaro sufre hasta la desgracia de los perros callejeros. Así es la esencia del origen de la desproporción social, y ella herrumbrará el metal que sostiene los pilares de la Sociedad, es decir, de la Comunidad.

Se construye, con la destrucción del prójimo, un abismo indecible entre la Verdad que es Dios, y la mentira que es la lujuria, la desfachatez y la gula insaciables. Un dios metálico sustituye al Amor. La bolsa cargada de dinero palpitará más que el propio corazón del Ser Humano.

Entonces aquí, se hacen gigantescas las palabras del Profeta Amós para “descubrir”, que la lacra de la injusticia es la que carcome el Bien Común:

“Escuchad esto, los que exprimís al pobre, despojaís a los miserables, diciendo: “¿Cuándo pasará la luna nueva para vender el trigo, y el sábado, para ofrecer el grano?” Disminuís la medida, aumentáis el precio, usáis balanzas con trampa, compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias, vendiendo hasta el salvado del trigo. Jura el Señor por la gloria de Jacob que no olvidará jamás vuestras acciones.”

Visto así el panorama social de aquella época, notamos que no ha cambiado mucho la realidad: desproporción, gula, arrogancia, menosprecio, intimidación, indiferencia, materialismo desenfrenado, consumismo enfermizo, sarcasmo, prepotencia, lujuria, despilfarro, maledicencia, y en suma, injusticia social. Se asiste a la conformación de unas relaciones sociales de producción que atentan contra la dignidad del Ser Humano, alejadas de las enseñanzas del Creador; o sea, asistimos a la consolidación del imperio de la Injusticia. En este imperio el impío es rey y el desvalido es aquel o aquella que el Creador levantará de la basura para sentarlo al lado de los Príncipes.

La educación:

La enseñanza es el acto de transmitir conocimientos, el aprendizaje de asimilarlos y la educación de practicarlos socialmente. Es un proceso completo y no se puede dar por separado, no son compartimentos que se unen con una goma mágica, sino células de un mismo cuerpo. La educación ha sido definida a través de la Historia de múltiples maneras, pero lo cierto es una verdad: el ser erudito no necesariamente hace al ser educado. En concreto: un Sistema Educativo puede atiborrar a las personas de contenidos o “materia”, pero no automáticamente de educación. Puede llenarle la cabeza a la gente de libros, pero no necesariamente de valores. Ya lo decía el pensador francés Montesquieu, hace más de doscientos años: “¡No se trata de llenar cabezas, sino de educarlas!”. Una persona puede tener su cabeza totalmente repleta de “materia”, no obstante, eso no la hace educada. Por el contrario, podemos encontrar personas por la calle, que sin ningún título académico, demuestran una exquisita educación. Por ello, se propone a continuación, revisar someramente diversos puntos de vista vertidos en épocas muy diversas en tiempo y espacio.

Si damos un vistazo al panorama histórico – pedagógico podemos apreciar el siguiente abanico:

Guillermo García, argentino, afirma en su obra “La educación como práctica social”, que la educación es justamente eso, porque por medio de un proceso determinado se transforma una materia prima que recibimos, supuestamente inacabada, y le entregamos a la sociedad un producto final diferente y en apariencia acabado. Para este pedagogo la Educación se da en tres niveles; a saber: A) en el nivel de Hecho, que abarca todos aquellos acontecimientos que circundan la vida y el accionar de los seres humanos en sus relaciones sociales cotidianas; es decir, son aquellos aprendizajes y aquellas enseñanzas significativas que se dan al margen de cualquier sistematicidad. Es la adquisición cotidiana de conocimientos y hasta de algunos valores o antivalores. B) en el nivel de Propósito, y como la acepción lo indica, son todas aquellas experiencias que se planifican y ejecutan para cumplir con metas y objetivos previamente establecidos; concretamente, es la educación que se da en instituciones que fueron creadas para esos propósitos y que es impartida por especialistas que adquirieron ese derecho por medio de un certificado; que las más de las veces, es un certificado de poder para el dominio de supuestos “ignorantes”. Es la instrucción que se adquiere dentro del Sistema. Y, C) en el nivel de Reflexión, entendiéndolo como la ejercitación epistemológica que se realiza acerca de las particularidades de los niveles anteriores para producir Teoría acerca de ellos; lo cual conduce inevitablemente a la formulación de cuerpos pedagógicos que se convierten en paradigmas para el fortalecimiento científico de nuestros quehaceres. En concreto, para García hacer educación al nivel de reflexión, es hacer Pedagogía. Especular sobre los niveles A y B es producir cuerpo pedagógico para sustentar diversas posiciones con respecto a este hecho social. Si tomáramos como acertada la posición de este estudioso, podríamos concluir que nadie ligado a la educación se escapa de realizar en determinado momento teoría pedagógica; aunque nunca la llegue a formular por escrito como propuesta concreta.

Francisco Gutiérrez prefiere proponernos la educación como una práxis política, entendiendo política como la necesidad de tomar partido frente a la realidad concreta de la Humanidad. En este caso, la práxis nos remite a la relación dialéctica entre práctica y teoría; es decir, que siempre la teoría será el producto de una práctica reflexionada y toda práctica será la resultante de la aplicación de alguna teoría o reflexión. En este sentido, asumimos la educación como un hecho o un acto social concreto e histórico, para el ser humano y por el ser humano; para liberarlo o para esclavizarlo, para desatarlo o para manipularlo. Educarse es politizarse e ideologizarse, es tomar partido en la connotación que señaláramos anteriormente. De tal manera, la educación será liberación y esperanza, o esclavitud mental y laboral.

Freire se refiere a la educación como a una práctica liberadora y humanista, y practicar la libertad es educar al hombre en el amor, la solidaridad y la esperanza. La pedagogía es una propuesta teórica multilateral que promueve la felicidad del ser humano a través de la educación: es profunda transformación individual y colectiva. Es un re – nacer.

En Costa Rica, ya en los años veinte, la joven maestra normalista Luisa González, conjuntamente con Carmen Lyra, fundadoras de la Educación Preescolar Pública, entendían que la educación es un acto liberador por medio del cual manifestamos nuestro amor hacia la Patria. Afirmaban que la Pedagogía, más que un cuerpo teórico más o menos coherente, debería ser una Guía para la acción que rompa los esquematismos y los reduccionismos mentales que promueve la sociedad del egoísmo. La Pedagogía es la teoría que surge del conocimiento de las realidades sociales y concretas del sistema educativo en todos sus ejes y componentes, que le sirve al educador para orientar su quehacer cotidiano, dentro y fuera del aula. La Pedagogía entonces, no es sólo un asunto que se practica dentro de las cuatro paredes de una institución especializada; es un asunto de utopías e incertidumbres.

Para nuestros más insignes y preclaros próceres pedagógicos, la educación es el acto concreto de las aulas, social y humanista, político e ideológico, acto concreto en el cual se puede echar mano a los más diversos métodos y técnicas para informar y formar al ser humano integralmente. La pedagogía la consideraban una ciencia que teoriza por su propio camino acerca del hecho educativo y propone ideas aisladas o cuerpos de ideas sistemáticas para comprender ese fenómeno y enrumbarlo por caminos predecibles y conscientes.

Omar Dengo, por ejemplo, afirmaba vehementemente que la educación no podría ser jamás como el vientre de una mula, porque esa educación no es capaz de dignificar ni concebir nada. Nótese, en esta analogía, que el maestro clamaba por una educación como proceso de liberación y de esperanza, una educación como sinónimo y expresión de vida. Se puede inclusive especular acerca de una concepción de la educación deificadora, capaz de concebir vida positiva y perfectible: dar a LUZ. En esta concepción la educación es un parto.

El célebre francés Emile Durkheim afirmó, hace más de cien años que la educación es la socialización de las jóvenes generaciones a través de la experiencia de las generaciones adultas, es decir; la educación es el hecho social concreto de transmitir la información que las generaciones mayores han acumulado y sistematizado para que las nuevas la asimilen y la adopten.

Para el educador ruso Antón Semiónovich Makárenko, la educación es un hecho social concreto, que se ejecuta lejos de las abstracciones metafísicas y debe servir para organizar al ser humano y ayudarlo a integrarse positivamente a la sociedad; para construir el progreso de todos. Su Poema Pedagógico es una teoría sobre la educación que canta al ser humano integral, ligado a la sociedad y luchando por humanizarla y transformarla en un emporio de justicia.

El maestro ucraniano Vasili Sujomlinski, en su obra “Mi corazón es para los niños”, clama por una educación que sea un acto de amor; amor real por lo que hacemos, y, fundamentalmente, hacia quienes de manera temporal son nuestros discípulos.



La justicia:

Afirma Víquez en su ponencia al Congreso Universitario de la Universidad Católica que: “(El) reino de Dios (en cuanto utopía y siempre como un ir de menos a más) es el horizonte y finalidad de toda actividad cristiana, personal e institucional; y lo es también de la universidad”[1]. Así ella ha de tener claro que está en función de ese reino y no de sí misma. Es instrumento de denuncia y de desenmascaramiento de todo lo que resulte ser antirreino y ello mediante el correcto direccionamiento de todas y cada una de las actividades propias del ambiente universitario”.

Desprendemos de esta reflexión anterior, que la Justicia es inseparable del acto formador, porque la construcción del Reino de Dios debe ser el propósito y la meta de todos los educadores cristianos. Ese Reino se construye o edifica desde nuestra espiritualidad y se proyecta dentro de las aulas y las sobrepasa. Hacer educación es hacer justicia. Dar educación es dar justicia. Dar justicia es construir paz.

Su Santidad, Juan Pablo Segundo, nos convocaba a construir la “Globalización de la Solidaridad” frente al egoísmo materialista del mercado sin límites; deshumanizado y aliado no de la promoción de la dignidad humana, sino de la destrucción de la VIDA. Y nuestro actual Obispo de Roma, recalca que el capitalismo no es el único modelo válido de organización económica y que el problema del hambre y el ecológico existentes evidencian con claridad que la lógica del beneficio “incrementa la desproporción entre ricos y pobres y la ruinosa explotación del planeta.” Entre otras cosas señala, que el dinero per se “no es deshonesto”, pero que si lo valoramos más que a otras cosas, “puede llevar al hombre al egoísmo ciego”. Aquí se trata, subraya, de usarlo “no sólo en interés propio, sino en interés de los pobres imitando a Cristo.”
El Papa manifiesta, que acerca del tema de la riqueza y de la pobreza, se confrontan dos lógicas económicas: la del beneficio y la de la distribución ecuánime de los bienes, que no estarían en contradicción, necesariamente, siempre y cuando sus relaciones “estén bien ordenadas”. (periódico La Prensa Libre, lunes 24 de septiembre de 2007)

Esta advertencia de Benedicto XVI se da precisamente en el marco de una coyuntura mundial en la cual, las poderosas fuerzas del mercado capitalista pretenden imponer a los pueblos de la tierra, esa lógica egoísta y anticristiana que el Santo Papa denuncia.

En la tarea de entronizar la justicia en el campo de la educación institucionalizada, se manifiesta necesariamente, un “compromiso con la construcción del proyecto – país, inspirado en los principios del humanismo cristiano, esto a partir de la convicción de que solo en Cristo encontramos la verdad plena sobre lo que el ser humano está llamado a ser”, de acuerdo con Víquez.

La justicia es trabajar para que el ser humano haga cotidianamente todo lo contrario a lo que denuncia el Profeta Amós. No existe otra para los Seres Humanos. No se trata exclusivamente de la práctica de la compasión, sino de la correcta aplicación de la Ley Justa, y esa Ley es la que emana del Amor y de la misericordia de nuestro Creador.

Para los educadores cristianos, católicos o no, no existe otra alternativa: al amar al prójimo como a sí mismos pensamos justicia, practicamos justicia, propagamos la semilla del Bien Común. No hay otra manera de hacerlo.

Un mundo que cifrara sus expectativas en el dios falso del dinero, es un mundo ciego, y su destino es el imperio de la injusticia. Ese mundo, insensible por demás, destruye la dignidad del Ser creado a imagen y semejanza de la Perfección. Si ese mundo está en manos de aquellos que convocan a sembrar cizaña, a propagar el miedo como forma de conducir pueblos, fomentan el odio y la división, el sentido cristiano llama a destronarlos.


No hay justicia sin distribución equitativa de los bienes. Y el problema de la injusticia no se deriva de la pobreza sino de la riqueza. Es la desproporción social la que da como resultado la enajenación, el hambre, el dolor lacerante; en concreto, ella es la que da como resultado a los Lázaros que mientras esperan las migajas del banquete de los enamorados de la gula, sólo reciben los lengüetazos de los perros miserables.

El Justo…

“Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para sentarlo con los príncipes, los príncipes de su pueblo.”

Relación conclusiva

La educación y la justicia social están íntimamente ligadas, van de la mano si su propósito es la liberación del Ser Humano. Hemos tratado de mostrar que durante su desarrollo, los pensadores de diversas épocas y territorios, han concebido a la educación como un proceso integral para engrandecer a las personas. Sus propuestas van encaminadas hacia la consecución del Bien Común. No se debe cometer el error de convertir las instituciones educativas en simples fábricas reproductoras de “materia” muerta. También es responsabilidad compartida de las y de los educadores cristianos católicos, asumir ese proceso completo: transmitir contenidos buenos y atizar el fuego de los valores derivados de la ética formulada por el Maestro Jesucristo. Somos Educadores y Educadoras para la concreción de la Justicia. La injusticia esclaviza y denigra. La justicia libera y ennoblece.
La educación en justicia y para la justicia social denuncia, anuncia y renuncia. Denuncia las desproporciones sociales. Anuncia la certeza de la construcción del Reino del Amor. Renuncia a la esclavitud de promover un proceso que domestica y lastima la Dignidad humana. Es eufórica porque se forja en el Credo de la Felicidad que otorga el aceptarse Hijo de Dios, Hermano de Jesucristo; es decir, compañero de la máxima Expresión de la Justicia. Es la educación que posibilita atar a ese diosecillo diminuto del egoísmo para darle paso a la construcción efectiva de la Solidaridad.
La educación y la justicia social deberán ir siempre de la mano, y es humilde, porque entre más sabio es quien educa desde la Verdad del Padre, más claro tiene que su deber es servir de puente para evadir los abismos que construye la injusticia.

“Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.”

Mayor responsabilidad y honor es difícil encontrar entre los oficios profesionales:
¡denunciar, anunciar y renunciar!